Cuando nuestros padres se hacen viejos.



No somos pocas las familias en las que alguno de nuestros mayores son dependientes. Aunque no vivan físicamente con nosotros, la realidad de que los abuelos se hacen mayores y que no pueden valerse por sí mismos , antes o después nos afecta.

Tenemos organizada la vida ajustando, como mejor podemos, nuestras obligaciones laborales, la pareja, los hijos, la casa.  De pronto,  la realidad de la dependencia de los abuelos es algo que tenemos que integrar y nos frena, nos descoloca.
La realidad de la vida moderna ha cambiado los hábitos. Es frecuente que ambos esposos trabajen fuera de casa. Vivimos con la sensación de que no disponemos de tiempo. Y surge la dependencia de nuestros mayores. Algo más a lo que atender.

Éste es un momento de prueba en nuestra vida cristiana. Pero cada cual en su circunstancia, tenemos que buscar cómo encajar la realidad de los mayores dependientes para que nuestros padres mayores, no sólo estén atendidos, sino que terminen su tiempo en esta vida con la mejor calidad de vida posible. Ellos no son un paracaidista que cae del cielo a nuestra vida sino que, queramos o no, forman parte de ella y debieran estar integrados de algún modo en nuestra vida familiar. Que reciban nuestro cariño y atención. (Aunque ya os digo que nunca les parecerá suficiente). 

En la parábola del buen samaritano, hemos de comprender que el encontrarse con el herido trastocó el camino del samaritano que tuvo que entretenerse. No obstante, Jesús señala la actitud del buen cristiano:"Ve y haz tu lo mismo".

Si Dios nos pone en la tesitura, tenemos que aceptarla con confianza, sabiendo que es donde tenemos que estar. Habrá que ensayar estrategias de atención, coordinarse entre los familiares, asumir la responsabilidad y los gastos que sean necesarios. Pero a los padres hay que atenderlos cuando son mayores.

Hemos de darnos cuenta que ellos dieron su juventud y su madurez por nosotros. Igual que ahora nosotros por nuestros hijos. Ellos se privaron de sus gustos y adaptaron su vida por atender su responsabilidad para con nosotros. Y en muchos casos nos han ayudado con nuestros propios hijos. Ahora, en el ocaso de su vida, nosotros no podemos dejarlos solos.

Nuestra condición de cristianos nos exige la atención al desvalido, máxime cuando son de la propia familia."En la aceptación amorosa y generosa de toda vida humana, sobre todo si es débil o enferma, la Iglesia vive hoy un momento fundamental de su misión" Benedicto XVI.