Ego sum: Yo soy. Lo que es y lo que no es cristiano.


Ego sum: Yo soy.


Cristo es el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir según las profecías de la Sagrada Escritura.


Los cristianos proclamamos que Jesús es el único Salvador, de todo hombre y de toda la humanidad. Esta es la Buena Noticia de la fe cristiana. Pero hay confusión sobre el alcance de esta verdad pues en la vida cotidiana convivimos con otras propuestas que deforman la confesión de fe en Cristo, Salvador único y universal.

Propuestas no cristianas

Por un lado está la corriente que opina que "el individuo de basta a sí mismo". La salvación se debe a las propias fuerzas o las estructuras humanas. Y se hará por la autosuficiencia, la tecnología, el desarrollo, la medicina, la modernidad,..

Por otro lado están las corrientes de "salvación espiritual" que postulan que la salvación reside en un conocimiento especial por el que el individuo se elevaría intelectualmente alcanzando los misterios de la divinidad con la que se uniría, liberando a la persona del cuerpo y de todo el comos material.

Ambas corrientes, tanto el individualismo que no reconoce que en lo más profundo el hombre depende de Dios y de los demás y cerrado a la novedad del Espíritu de Dios, como la propuesta espiritualista que desprecia lo material y que no descubre las huellas de la mano providente del Creador, no son conformes a nuestra fe.


La fe católica

Los católicos creemos que la salvación consiste en nuestra unión con Cristo, quien, con su Encarnación, vida, muerte y resurrección, ha generado un nuevo orden de relaciones (de los hombres con el Padre y de los hombres entre sí). Y lo ha hecho gracias al don del Espíritu, para que podamos unirnos al Padre como hijos en el Hijo, convertidos en un solo cuerpo.

Aspiración universal

Es un hecho indiscutible que hay una aspiración universal a la felicidad. A menudo ésta se concreta en la esperanza de salud física, ansiedad de un mayor bienestar, necesidad de paz interior... La fe en Cristo nos enseña, que la realización plena de esta aspiración, la realización plena del hombre, sólo es posible si Dios mismo lo hace posible al atraernos hacia Él, rechazando las pretensiones de autorrealización del hombre por él mismo. Es decir, la salvación no es lo que el hombre puede obtener por él mismo (el bienestar, la ciencia, tecnología, reputación...). No es una respuesta a las expectativas contemporáneas .

Tampoco es una huida de lo material hacia lo puramente espiritual. El cosmos, lo material, es bueno. Pero el mal que sale del hombre al separarse de Dios, al pecar, le conducen a encerrarse en si mismo y a la pérdida de armonía frente a los otros y frente al mundo. La salvación que anuncia nuestra fe no concierne solo a lo espiritual sino a nuestro ser integral, cuerpo y alma.

Por tanto, Jesucristo no se ha limitado a mostrarnos el camino para encontrar a Dios (que podríamos seguir por nuestra cuenta).  Él mismo es el camino. Y no es un camino meramente interno, al margen de los otros y del mundo. Porque Él asumió nuestra naturaleza humana y vivió una vida plenamente humana. La salvación consiste en incorporarnos nosotros en su vida recibiendo el Espíritu.


La mediación de la Iglesia

El lugar donde recibimos la salvación traída por Jesús es la Iglesia que es la comunidad de los que hemos sido incorporado a este nuevo orden de relaciones. La salvación de Dios no se consigue con las fuerzas individuales, sino a través de las relaciones que surgen del Hijo de Dios y que forman la comunión de la Iglesia. Este nuevo orden de relaciones sucede por los sacramentos, en particular el bautismo y la eucaristía. Y estos se dispensan en la Iglesia.

Esta mediación salvífica de la Iglesia nos asegura que la salvación no consiste en la autorrealización del individuo aislado (auto-salvación), ni tampoco en su fusión con lo divino al margen del cuerpo. La verdadera salvación incluye el cuerpo.

 La salvación integral del cuerpo y del alma es el destino final al que Dios nos llama a todos. Y Dios nos salva como pueblo.