La muerte, que llega sin avisar


A propósito de la trágica muerte del futbolista Reyes, se me hace presente la realidad de la muerte.


Nuestro querido Reyes era un hombre querido, con una vida afortunada: buen profesional, de reconocido prestigio, con fama, honor y dinero. Un familia, amigos, mujer e hijos. Todo. Y en un segundo, todo terminó; su vida y la de los que le acompañaban. Ha sido para todos una conmoción y me hace reflexionar sobre lo efímero de la vida.

La realidad es que el final de nuestra vida puede llegar sin avisar. O lo que es lo mismo, el tiempo que nos ha sido dado puede agotarse en cualquier momento: "no sabéis el día ni la hora" (Mt 25, 13).

Y me pregunto ¿qué es la muerte? O quizás debiera preguntarme ¿qué es la vida que acaba con la muerte? 


Nosotros los cristianos sabemos que vida y muerte forman una unidad.

Dios es el dueño de la vida y por Su intervención la realidad de la muerte se ha transformado. Él mismo (en Jesús) ha muerto; y ha muerto para resucitar y fundar un nuevo comienzo. El proceso de morir es un proceso de ruptura pero es como romper el capullo de una mariposa, nos abre a algo nuevo, a la Vida (con mayúsculas) que esperamos. A la vida de intimidad plena con el Señor, como la vida que hay en el seno de la familia.

Este proceso se nos abre por la fe. Y ya en nuestra vida presente lo vamos degustando a medida que avanzamos en intimidad con el Señor. Por eso la vida, es el tiempo que Dios concede a cada uno para que le reconozcamos y libremente optemos por adherirnos a Él, le sigamos y vivamos conforme a la nueva naturaleza que se nos da en el bautismo, o sea, que vivamos según Cristo.

La muerte personal es el momento en el que nos presentamos ante Dios y se nos preguntará por lo que ha sido nuestra vida en relación a Cristo, si merecemos entrar con Él a las bodas y ser contados con los elegidos. Hasta el último momento podemos acogernos a su Divina Misericordia.

Como Dios no engaña, sabemos que para el que se une a Él, a Cristo, la muerte es el paso a la Vida verdadera, que el hombre no cae al vacío. Cuando el Señor venga en gloria y majestad al final de la historia, resucitaremos. Será entonces cuando recuperemos nuestro cuerpo (que de momento se queda en el sepulcro o en el columbario). Mientras, es nuestra alma la que permanece junto al Señor  gozando de su amor, mientras llega el acontecimiento.




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