SACERDOTES, TU BENDICIÓN EN LA PANDEMIA



En estas semanas de confinamiento estamos teniendo la oportunidad de seguir en directo todo tipo de misas y celebraciones desde nuestras casas. Seguro que los que lo hacemos de forma diaria ya tenemos favoritos. 

Ya sabemos quiénes son los sacerdotes que dan una homilía demasiado larga, quiénes cantan demasiado (hay alguno que canta, incluso, ¡hasta las lecturas!), qué iglesia dispone de mejor infraestructura de medios de comunicación, quiénes tienen una cámara no muy buena y un audio menos bueno aún, a quién se le entrecorta constantemente la retransmisión debido a problemas técnicos con su internet… En fin, una variedad de salvedades, contratiempos y dificultades técnicas que, seguro, a más de uno nos ha puesto nerviosos. 

Sin embargo, la realidad es que, mejor o peor, las misas y demás celebraciones litúrgicas se nos están ofreciendo todos los días y en diferentes horarios, y están a disposición de todos. Cada día, se nos brinda la oportunidad de unirnos al rezo del Rosario y del Ángelus, de acudir espiritualmente a misa, de escuchar o ver reflexiones y palabras de aliento por parte de nuestros sacerdotes, animándonos en este tiempo tan insólito y, a la vez, tan especial. 

Ahora que ha finalizado la Semana Santa, ni que decir tiene que hemos disfrutado de todo un catálogo de emisiones y retransmisiones donde poder elegir. Todo aquel que ha querido escuchar la invitación del Señor a acompañarle en estos días de su Pasión ha podido hacerlo siguiendo desde su casa todas las celebraciones correspondientes a ese tiempo litúrgico. 

Y, aun así, nos afanamos en buscar defectos y en opinar sobre qué podría estar mejor. Pensamos que, seguramente, nosotros lo haríamos mejor. No vemos que el espíritu del mal se desliza silenciosamente entre nosotros y que nos incita a quedarnos sólo con lo negativo y con el “yo lo haría mejor”. No vemos el esfuerzo y el cariño que ponen nuestro Papa, nuestros obispos, sacerdotes y seminaristas cada vez que celebran una misa online desde sus iglesias y comunidades. No vemos que, en lugar de eso, deberíamos dar las gracias a Dios por todos ellos y pedirle perdón por caer una y otra vez en el error de juzgar. 

Por ello, desde aquí te damos las gracias, Señor, por todos los sacerdotes, pastores de tu rebaño. Por el esfuerzo que han hecho y que siguen haciendo cada día que dura esta pandemia para, desde su sencillez y con los recursos que tienen, hacer que los demás podamos unirnos a ellos, y a Ti, en las celebraciones y momentos de oración desde nuestras casas. 

Perdona, Señor, la ofensa y el sufrimiento que te causamos cada vez que opinamos, criticamos y emitimos juicios de valor sobre aquellos que Tú has elegido para guiarnos. En especial, perdona a aquellos que, lejos del respeto y escondidos tras la careta de la libertad de expresión, calumnian, insultan y persiguen a nuestros amados pastores sin motivo alguno, cegados por un odio y un coraje que se les infunde hacia ellos y, por consiguiente, hacia Ti. Perdónales, porque no comprenden el ministerio del sacerdocio y, menos aún, quieren comprender nuestra fe o abrir sus corazones a Ti. 

Dales a nuestros amados sacerdotes fuerzas, fortaleza, paz, alegría y aliento ante estas dificultades, para que no pierdan el ánimo ni decaigan en la valiosa labor que realizan. Ellos, nuestros pastores –tus pastores, los guías espirituales que Tú has elegido para nosotros–, necesitan de nuestra oración. Por ello, siembra en nosotros la semilla de la oración, para que caigamos en la cuenta de la fuerza y los frutos que trae consigo una plegaria sincera y sencilla. Para que podamos agradecerles y devolverles todo el bien que hacen por nosotros en forma de oración. Para que, así, les ayudemos a que nos puedan seguir guiando por el camino de la santidad a la que todos somos llamados. 

Bendícenos, Señor, con más pastores, más vocaciones, más sacerdotes santos que sigan continuando con tu Misión. Recuérdanos que ellos son quienes Tú has elegido y que, generosamente, te han respondido dejando todo lo que tenían y entregando sus vidas por el Evangelio. Recuérdanos que eres Tú quien habla a través de ellos en los Sacramentos y que, gracias a sus manos consagradas, te haces presente en medio de nosotros cada día en la Eucaristía. 

Señor, insístenos para que no nos olvidemos nunca de orar por ellos. Que no cesemos en este tiempo de darte las gracias por la asistencia física y espiritual que ofrecen a enfermos, difuntos, familiares y demás afectados por la pandemia. 

Por acercarnos a Ti cada día de la mejor manera, poniendo todo sus recursos, amor y cariño. 

Por la esperanza y la alegría frente a la pandemia que, gracias a ellos, sentimos. 



“Id, pues, y haced mis discípulos a todos los habitantes del mundo; bautizadlos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo y enseñadles a cumplir todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.” Mt, 28, 19-20. 


A abuelo José María. Gracias.

IZS






A todos estos dentro de poco la Iglesia debería subirlo a los altares  como mártires, pues sabiendo que podían morir a causa del virus, no temieron la muerte y dieron su vida por los demás.



Comentarios

  1. Gracias Irene por esta reflexión expuesta con tanto amor , claridadcy sabiduría .
    Estoy totalmente de acuerdo.con amar, reconocer , valorar y mimar la mision y emtrega de nuestros pastores .
    Yo también le agradezco especialmente a tu abuelo José María su misión que le acompañó hasta el último día de su vida .Gracias por tu vida Irene y por este artículo con el que estás también pastoreando y siendo y haciendo.Iglesia . Marisa

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  2. Un articulo bastante bonito ,expresivo y verdad.
    Tu abuelo J.Maria era muy buen hombre,lo hechamos de menos en nuestra parroquiade Arahal,Cstequistas,niños etc
    Los niños han preguntado por El .
    El los visitaba en catequesis
    Ya esta al lado de Nuestr Señor y velara por todos nosotros .
    Gracias J.Maria por todo ese tiempo en nuestra parroqui.Siempre te echaremos de menos .

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  3. Preciosas palabras para todos los religiosos, dándolo todo para nuestro Señor Jesucristo, como tu abuelo José María, hasta el último momento de su vida .
    Buen padre, abuelo, amigo, cura y una maravillosa persona, dándolo todo por los demás, el tiempo que estuvo a mi lado ,fueron unos años muy buenos de relación de cura a sacristán dándome siempre muchos consejos y una muy buena amistad que nunca olvidaré, nunca lo olvidaré.
    José María Soto Marchena ,descansé en paz,allí estará con san José el castisimo esposo de la Virgen María ,que Dios lo acoja en su seno.

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